Una columna en La Tercera, a propósito del Bicentenario

lunes, julio 26, 2010

La Tercera ha preparado un sitio especial, uno más, para colaborar con el Bicentenario de Chile. Como ellos dicen textualmente, "Les pedimos a nuestros blogueros de latercera.com que se situaran en una época del tiempo de Chile (pasada, presente o futura) y que, imaginándose ellos mismos en dicho momento, escribieran un texto para nuestro blog Bicentenario. Esperamos que los disfruten."

Y me publicaron lo siguiente, que está inspirado en los días que estudiaba Filosofía en la Chile, era Agosto, 1973, y nos sentíamos dueños del mundo:

...

Hubo un tiempo que fui hermoso, y fui libre de verdad, como cantaba después el Charly. Claro, era agosto, 1973. Ese año yo estudiaba Licenciatura en Filosofía en la Chile. La facultad de esos primeros años quedaba en Agustinas, donde estaban también los músicos. Una casa preciosa, con techos altos y pianos en los rincones.

Caminábamos, siempre por las mismas calles, casi siempre los mismos amigos, conversando y mirando, -todo nos asombraba todavía-, hasta la plazoleta de las esculturas sobre la placa del edificio de la Unctad. El lugar sorprendía por su arquitectura, por sus dimensiones, por sus rincones llenos de arte, por lo rápido que apareció, irrumpiendo en la ciudad de repente.

Lo mejor era saberlo tuyo, nuestro, de todos. Cada uno de nosotros cuidaba ese edificio. Amábamos ese amigo alto, moderno, anacrónico en un barrio lleno de calles curvas, árboles viejos y vecinas que barrían las veredas de sus casas.

Había fiestas universitarias los sábados, música en vivo, arte in situ, exposiciones. Siempre almorzábamos rico y barato, caminábamos la fila del autoservicio eligiendo lo que nos guiñaba el ojo y nos encontrábamos casi siempre con los mismos estudiantes y empleados del sector. Normalmente, y si el horario de las clases nos dejaba, teníamos largas y conversadas sobremesas, adentro del casino si era invierno o arriba en la plaza si invitaba el sol, aunque la primavera aún era tímida y nos miraba desde la esquina.

Nos sentábamos en esas sillas-esculturas que tenían incómodas protuberancias, invariablemente alguien siempre decía que estaban ahí para que te quedaras poco rato. Conversaciones, historias, risas, nuevos amigos, y esa sensación maravillosa de pertenecer. Todo el mundo leía, se prestaba libros, se recomendaban nuevos autores, muchos estudiantes extranjeros destacaban la libertad que se sentía hasta en el aire. Y luego del almuerzo, en un rito casi diario, caminábamos a darle unas monedas al ciego que tocaba Pequeña Flor con su saxo.

A ella le encantaba, y siempre estaba juntando monedas para darle al músico, ella era linda y hablaba despacio, casi susurraba. Y miraba todo atentamente con sus ojitos de agua, inolvidables. La cara se le iluminaba cuando el saxo sonaba y sentíamos que la música llenaba todo, hasta el corazón nos llenaba, y cuando ella sonreía, todo valía la pena, y nos íbamos tarareando la canción hasta volver a clases. No sé que será de ella, saltó de sus letras, de sus fotos, de sus historias.

A lo mejor cerré los ojos y en el segundo que duró creí que eras y estabas y escribías, y nada es cierto y no hay sillas ni ángeles a medio vestir ni café ni esculturas en la placa de la Unctad. Porque después que te perdí, perdí también al edificio, perdí varios amigos y tibiezas de sol, perdí a Pequeña Flor, perdí media ciudad, amurallada y distante, perdí, perdí y no salí ileso.

Dejé de soñar un buen tiempo, no quería sueños, no quería que me los quitaran.

Borges, en su libro Los Conjurados se pregunta: "¿Qué soñará el indescifrable futuro?" Y en el poema "Alguien soñará" se responde: "Soñará que podremos hacer milagros y que no los haremos, porque será más real imaginarlos." Después, porfiado, volví a soñar, y aprendí a guardarlos en esas cajitas de cristal del Charly, y los escribía, todos. Pequeñas historias, reales e imaginarias, escritas en libretitas, papeles, boletos de micro.

No habían blogs en esos años, ni siquiera había internet, ni celulares, ni mensajes de texto, ni twitter, ni facebook, ni google. Pero aún sueño que la encuentro y nos tomamos un café, en la misma plaza y en la misma esquina; el edificio nos mira y suena Pequeña Flor. Como en agosto de 1973.


*Roberto Arancibia es publicista, productor de eventos, fotógrafo, blogger desde abril del 2003. Creador de uno de los Blog chilenos más exitosos y visitados: El Mundo Sigue Ahí. Abarca temas de cultura urbana, nuevas tecnologías, redes sociales, vivencias personales. Un referente en la blogósfera iberoamericana. En Internet desde que todo comenzó.


Pueden leer la columna completa aquí.

8 comentarios. Escribe tu opinión aquí.:

Antonio Furret 26 de julio de 2010, 17:33  

Noto en el texto un quiebre, ese quiebre tan profundo entre "Agosto de 1973" y lo que pasó después... Y que bueno que se note, así el texto pasa a convertirse en algo más que eso, pasa a ser memoria... Y cuando es memoria, toda persona que lo lee lo recuerda.

Saludos

Amaranta de Lilas,  26 de julio de 2010, 17:46  

Nostalgia, nostalgia, nostalgia. Qué días esos, tan lejos y al mismo tiempo, tan cerca.
Gracias por esto, aunque me he inundado de melancolía, también me he llenado de buenos recuerdos.

maryrogersg 26 de julio de 2010, 20:21  

La nostalgia es contagiosa, virulenta, inevitable. Me voy a buscar otros recuerdos.
abrazos

Juan 26 de julio de 2010, 20:31  

Que buen texto y buen recuerdo de cuando las cosas se hacían "en vivo" y no tan virtual como ahora.
No soy precisamente de ese tiempo, pero si que me acuerdo cuando no había messenger, ni facebook, ni youtube, ni twitter, ni siquiera había internet, pero se pasaba tan bien compartiendo con amigos al aire libre.

Andrea R. 26 de julio de 2010, 23:21  

Oiga, me mató su texto. Tal como a otros, la melancolía por esos años felices, pero felices de verdad, me inundan.

Y oiga, me mató con su foto, cuántos años tenías? 16, 17?
Cuántos corazones rotos!!

Abrazo cariñoso.

Frank H. 27 de julio de 2010, 08:34  

hermoso. la vivencia humana, barnizando, retocando, adornando la vivencia colectiva. todo es suma de una gran verdad.

abrazos!
http://lineasymanchas.blogspot.com/

Daniela 31 de julio de 2010, 00:30  

que buena iniciativa, que buen texto, hermosa poesia del recuerdo

varrepol 31 de julio de 2010, 19:16  

Excelente, me recuerda a como me imaginaba la universidad antes de entrar a ella. Y ahora, desde afuera, la sigo viendo mítica, con otras sazones, pero con algunos ingredientes en común.

Saludos!

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Créditos

Agradecimientos a mi MacBook, a los Marlboro que fumo, pero menos, la Coca-Cola, el cable, el control remoto, Google, Blogger, Twitter, los libros, la radio, ella, mis hijos, mi ex-psicóloga y muchos otros anónimos colaboradores que han contribuido y soportado mi comunicación precoz. Gracias por estar.

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